
Por Juan María Segura
Días pasados me tocó participar del debate público que realizamos en Argentina en cada oportunidad que se conocen los resultados de aprendizaje del sistema escolar, arrojados por el Operativo Aprender. En sintonía con otras voces y miradas, mi énfasis estuvo centrado en el bajo rendimiento de los alumnos de último año escolar en matemática. O sea, en la nivel de preparación (y, eventualmente, entusiasmo) con el cual los egresados del sistema escolar enfrentan el ingreso a la experiencia universitaria en carreras ‘duras’ (ingenierías) o científicas (medicina).
Es que en matemática no solo preocupa la foto de la medición Aprender 2024, que volvió a dar muy mal, sino también la tendencia que se viene registrando desde el operativo ONE de 2013. En dicho lapso de tiempo, el porcentaje de las respuestas por debajo del nivel básico de aprendizajes aumentó del 40% al 55%, y el porcentaje de las respuestas de nivel satisfactorios y avanzados cayó del 36% al 14%. Adicionalmente, al realizar la apertura de los valores del último Operativo se puede observar que inclusive en las escuelas de gestión privada y en el nivel socioeconómico más pudiente los aprendizajes son pobres, ya que solo el 33% arroja niveles satisfactorios. Solo el 33% llega ‘entusiasmado’ a la universidad en términos de aprendizajes base para carreras duras. Como me dijo mi primo alguna vez, ahora entiendo porque faltan tantos ingenieros.
Por supuesto que es posible revertir esta tendencia, aunque improbable si no se implementan cambios, algunos complejos, otros más sencillos. Las estadísticas globales de acceso a internet y de tiempo en pantalla señalan que jóvenes y adolescentes aprenden muchas cosas, y aprenden todos los días. O sea que la limitante no viene ni por el lado de la falta de capacidad de esos alumnos para aprender, ni por la escasa dedicación de tiempo hacia el aprendizaje. Los pobres resultados del aprendizaje escolar se producen por otros motivos, tal vez más vinculados con el diseño del formato escolar y con el abordaje didáctico, que con las precondiciones de esos chicos y chicas hacia el aprendizaje.
Por lo tanto, al menos para probar algunas hipótesis de trabajo, es conveniente implementar cambios. Entre los cambios más complejos, se pueden probar rediseños profundos, como: 1) modificar la didáctica general de enseñanza, 2) enseñar a través de juegos digitales diseñados para ello, 3) aprovechar plataformas y repositorios digitales de herramientas de enseñanza de matemática (existen una cantidad, algunas son inclusive gratuitas), 4) vincular la enseñanza de la matemática a disciplinas deportivas, culturales o similares de mayor ‘popularidad’ (como lo recomendaba Isaac Asimov en… 1988), etc..
Los ministerios de educación jurisdiccionales están en condiciones de hacer estos cambios, inclusive sin salirse de las exigencias impuestas por los NAPs (núcleos de aprendizajes prioritarios) exigidos por el Consejo Federal de Educación. Pero, para hacerlos, deberán acordar (¿pactar? ¿negociar?) con sus docentes, asociaciones gremiales locales y legisladores un nuevo abordaje pedagógico global, que también alcance y modifique la formación inicial y la actualización de la carrera docente. ¿Querrán? ¿Podrán? ¿Encontrarán rédito político en esa cruzada? Permítanme duda…
Entre los cambios de más sencilla implementación, para decirlo en criollo, necesitamos que alumnos y alumnas ¡estudien más! ¡Necesitamos las colas más calientes! Ese tiempo adicional dedicado al estudio, que resulta absolutamente imprescindible para que algunos aprendizajes más complejos se hagan inteligibles para quienes no poseen el hábito de estudio normalizado, debe encontrarse dentro del tiempo escolar. La revolución más sencilla, más potente y más al alcance de la mano del docente está en la revisión y reingeniería del tiempo escolar, encontrando en ese ejercicio el tiempo para que los alumnos estudien, aprendan a estudiar, encuentren en el hábito del estudio el calor y el sabor del descubrimiento. Solo el descubrimiento que sobreviene de nuevos entendimientos (aprendizajes) habilita el ejercicio del auto discernimiento y, desde allí, los aprendices están en condiciones de elevar su propio vuelo.
La escuela argentina tiene la necesidad y el deber de mostrarse valiosa para la sociedad, creando hábitos sanos que favorezcan la incorporación de aprendizajes (¿Útiles, oficiales, significativos, personalizados? Lo mismo da), en especial de los más complejos y con mayor demanda para el mundo laboral que deberán enfrentar estos aprendices en el futuro. Convertir la sala de clase en una salón de estudio y ejercitación es algo que cualquier docente puede implementar a partir de mañana mismo. Y, tal vez, en ese proceso, se pueda convertir a la escuela en una institución especializada en entusiasmar aprendizajes, en vez de certificar ‘algunas’ enseñanzas. Tal vez estemos tanto frente a un problema de aprendizajes de los alumnos como a un problema de significado de la escuela. Y, en el medio, los docentes como árbitros, administrando el juego.
Un lúcido Santiago Kovadloff alguna vez escribió que el maestro hace ingresar de la mano a sus alumnos al campo del saber como acto de autodiscernimiento. ‘…Quien descubre que está ante un maestro se redescubre. Por obra de ese hallazgo, él mismo pasa a ser otro. Ese deslizamiento de la propia identidad desde lo previsible a lo imprevisible sitúa a quien aprende en un suelo inexplorado. Y, una vez en él, el alumno alza vuelo…’. Una pluma magistral para expresar de una manera poética la oportunidad diaria que tiene cada docente en su salón de clase. Cada día y todos los días puede ocurrir eso que señala el filósofo.
Los buenos hábitos crean las condiciones necesarias para que germinen intereses y para que crezcan lozanos aprendizajes con raíces profundas. Cómo se prepara la tierra para esta nueva siembra, aún está por verse. Por el momento, me conformo si logramos acordar que sin hábito de estudio no hay aprendizaje posible. Esto sería un buen punto de apoyo para comenzar a dialogar sobre rediseños y futuros posibles, sobre aprendizajes y significados.