JUAN MARÍA SEGURA

El nacimiento de una narrativa escolar

Por Juan María Segura


Las emociones son reacciones psicofisiológicas que experimentamos en respuesta a estímulos internos o externos. Son manifestaciones de nuestro estado de ánimo que nos impulsan a actuar de diferentes maneras. Vivimos atravesados por estados de ánimo cambiantes, en gran medida debido al proceso complejo y dinámico que supone nuestra ‘cocina de emociones’. Y los estados de ánimo generan registros en nuestra memoria.

El storytelling, ya lo dijimos antes, es el arte de contar historias para transmitir un mensaje de manera efectiva y memorable, conectando emocionalmente con la audiencia. Contamos historias no solo para que se comprendan, sino principalmente para que se recuerden. Deseamos que tramas y personajes lleguen a la memoria desde formar de sentir particulares, habilitando luego un proceso de evocación y recupero de esos cuentos que le abre paso a la eternidad.

Y también dijimos que cualquier institución, la escuela incluida, tiene la capacidad de contar su propia historia, su ‘para qué y por qué’, no solo desde un isologo o un texto escrito, sino principalmente desde la forma en la cual funciona cada día, en cada rincón, en cada conversación. Por lo tanto, la escuela, aun cuando desatienda su propio ‘cuento’ en el acontecer cotidiano, está sometida al escrutinio de una comunidad que la observa y juzga desde estados de ánimo particulares.

Así, emociones, storytelling y escuela están ineludiblemente fusionadas en un desafío que cada época plantea desde sus rasgos tecnológicos y socioculturales propios. En 2025, la cultura digital marca la cancha en todo el planeta e impone condiciones a los cuentistas. Las historias que deseen llamar la atención por sobre el resto y convertirse en ‘memorables’, deben ser pensadas, diseñadas y gestionadas con maestría, originalidad y entusiasmo. Contar un cuento en esta época de infinitos estímulos audiovisuales es mucho, mucho más que subir un reel en IG, habilitar un perfil en Tik Tok o crear un canal de streaming en YouTube.

La escuela o institución educativa que se convenza de lo anterior y que aún no haya hecho mucho al respeto (diría… ¡la mayoría!), puede comenzar a trabajar hoy mismo en una nueva narrativa escolar. Para ello, es recomendable seguir una secuencia de pasos, desarrollados a continuación.

Primero, seleccionar. Se trate de lugar físico de la escuela, de una temática en particular o de un grupo específico de personas, lo primero que se debe hacer es recortar el territorio, conceptual o físico, al que se va a someter al ejercicio de crearle una nueva narrativa, siguiendo principios de storytelling. El lugar puede ser el patio del recreo, el laboratorio, la biblioteca, el salón de actos, un aula en particular. Las opciones son múltiples, al igual que con la temática, que puede abarcar desde el cuidado del agua o la gestión de la basura, hasta el deporte grupal o la actividad de la comunidad escolar en las redes sociales. Las temáticas son transversales a la institución, a diferencia de los lugar que son fijos y más fáciles de abordar. Finalmente, se puede seleccionar un grupo de personas, sea una cohorte específica de alumnos, docentes, familias, egresados. Seleccionar y recortar con precisión favorecerá el trabajo realizado a posteriori.

Segundo, precisar. Una vez delimitado un territorio de trabajo, ahora toca definir qué se va a hacer, cómo y cuándo. Si trabajamos en el patio del recreo el abordaje podrá ser uno, y si lo hacemos sobre el tratamiento de la basura podrá ser otro. Y así con todos. La selección hecha en el punto anterior ya vendrá con una dinámica propia de actividad y movimiento que habrá que decidir cómo intervenir. Precisar es juntamente eso, definir un modo de intervención (qué, cómo, cuándo) que permita que esa ‘historia’ (recreo, basura, o la que sea) pueda comunicar virtuosismo, valores, modales, sensibilidad, solidaridad, rectitud, laboriosidad, a lo que sea que se defina. Un nuevo ‘dispositivo’ (podemos llamarlo prototipo de storytelling), diseñado y concebido para intervenir un espacio o tema, afectando su desempeño y habilitándolo para conectar a través de una nueva emocionalidad. Parece mucha palabra, pero no lo es tanto. Solo intervenir (qué, cómo y cuándo) para que luego sea lindo (consistente con los valores de la institución) contar lo que allí acontece.

Tercero, responsabilizar. Ahora llega el momento de asignar responsabilidades. No hay cuento posible de contar si no se asignan adecuadamente los roles, que en la mayoría de los casos serán nuevos. Si la escuela no experimentó antes con este tipo de dispositivos e intervenciones, entonces seguro habrá que hacer tareas nuevas. Nada complejo ni sofisticado, pero adicional a lo que se hace diariamente, y además alimentando un proceso que también es nuevo y fue diseñado ad hoc. En esta etapa resulta clave seleccionar un líder de proyecto, una persona que tenga la responsabilidad global del buen funcionamiento de la intervención, garantizando una mirada holística y de una manera sostenida de las nuevas dinámicas pretendidas. Esa persona debe estar adecuadamente empoderada para el rol, y debe contar con la colaboración y concurrencia de todas las otras personas a las que se les hayan asignado roles. 

Cuarto, ejecutar. Definido todo lo anterior, llega el momento de la verdad, consistente en darle vida a la intervención en el espacio y temática definido, en cabeza de un equipo responsable. Sin estridencias y con la mayor naturalidad posible, la recomendación es darle vida a esa intervención de una manera gradual y progresiva, dedicando el tiempo necesario a explicar y hacer ‘nueva docencia’ de lo que se pretende que se haga diferente. Toda intervención supone una modificación de una dinámica actual (imperfecta, inconsistente, descuidada, inconveniente) en favor de una dinámica nueva. Es clave ser pacientes, identificando los hábitos que resultan un nudo (la canilla que queda abierta, el papel tirado, el grito innecesario en el juego, el posteo en redes que comunica negatividad, el aula sin vitalidad, la conversación en donde no hay buena escucha, etc.) y desarrollando los argumentos que ayuden a implementar las nuevas prácticas. Ejecutar es llevar a la práctica un nuevo hacer desde adentro de un territorio en donde algunas cosas se hacen diferente por tradición, inercia o desatención.

Y, por último, quinto, reflexionar. Pasado un período de tiempo, el tiempo estipulado en el diseño del dispositivo (cuándo), es fundamental parar y tomarse un tiempo para discutir y reflexionar sobre lo vivido. ¿Cómo fue el plan versus la realidad? ¿Aparecieron emergentes inesperados? ¿Algún hábito resultó especialmente difícil de modificar? ¿Aparecieron adhesiones voluntarias inesperadas? ¿Los roles asignados resultaron funcionales al proceso? ¿Las personas asignadas a cada rol se mostraron entusiasmadas con la tarea? ¿Sin veedores o ‘agentes’ el proceso se desdibuja y todo retrocede a la condición de partida? Tomarse el tiempo para reflexionar es clave, y ese espacio debe habilitar aprendizajes, descubrimientos, inclusive descargos de los propios responsables de la ejecución cuando sienten excesiva carga de tarea en el proceso. Las reflexiones deben ser utilizadas no como un espacio de catarsis y queja, sino como un laboratorio de rediseño y recalibración, y para ello deben ser alimentadas con datos, mediciones y métricas más que con estados de ánimo y subjetividades.

Una vez atravesado un piloto o prototipo llevado a la práctica de esta manera, cualquier escuela se va a haber equipado con ideas, métricas y voluntades puestas de disposición de escalar la intervención a otras áreas y temáticas. Y, de esta manera, la posibilidad de desarrollar una nueva narrativa habrá cobrado nuevos bríos. Ahora si la pretensión de emocionar a través de una historia institucional bien contada y comunicada recobrará esperanza. 

No lo mencionamos antes a propósito. La pieza clave de este proceso es el compromiso de las máximas autoridades de la institución. No hay storytelling posible sin la convicción plena de los integrantes del equipo directivo, quienes deberán apoyar en todo momento los espacios de reflexión, las asignaciones de nuevas tareas, el despliegue de nuevos dispositivos.

Y ojo que contar cuentos que conecten emocionalmente no significa teatralizar actitudes que detrás del escenario realmente no se sienten ni se viven. No estamos hablando de montar un show o un circo bien practicado, sino de diseminar en los espacios elegidos valores y virtudes que se pretende que fecunden hábitos de convivencia sólidos, vivenciados con entusiasmo y en armonía con las creencias y los propósitos de la escuela. Si esa escuela se jacta de los valores a, b o z, entonces esos mismos valores deberán verse reflejados no solo en los boletines de los alumnos o en los bonitos edificios escolares, sino también en cada conversación, en la forma en la cual los docentes caminan y saludan, en la disposición de las flores y las macetas, en los cestos de residuos, en los inodoros de los baños, en el tratamiento que se da a los restos de comida no utilizados, en la colaboración que se ofrece a quienes la necesitan.

Volviendo al principio, storytelling, emociones y escuela pueden ser una sociedad muy poderosa, diría muy necesaria en esta época, pero se requiere mucho más que buena voluntad para que esa sociedad florezca y fructifique. Si pretendemos que nuestras escuelas transmitan un mensaje de manera efectiva y memorable, conectando emocionalmente con una audiencia (sea la comunidad interna de cada escuela o la sociedad en general), entonces es necesario seleccionar, precisar, responsabilidad, ejecutar y finalmente reflexionar para volver a lanzar un nuevo proceso.

Una nueva (y buena) narrativa escolar es posible, pero no emergerá sola, habrá que hacerla nacer.