
Por Juan María Segura
En el año 1871 la ciudad de Chicago, en los Estados Unidos, era una comunidad pujante, fabril y activa que crecía en comercio y desarrollo urbano a la par que aumentaba su infraestructura y construcciones sobre la base de la madera. Viviendas, edificios públicos, veredas, calles, ventanas, muebles, todo estaba hecho o recubierto de ese material noble, moderno, maleable, funcional… y combustible.
La historia indica que, pocos minutos después de las 21 horas del 8 de octubre del año 1871, comenzó a arder un establo ubicado en el número 137 de la calle DeKoven. No se sabe muy bien si fue consecuencia de la patada de una vaca o de una tribulada partida clandestina de cartas. Lo cierto es que una lámpara de querosene dio inicio a lo que sería una de las mayores catástrofes de la historia de los Estados Unidos. Bomberos y pobladores lucharon contra el fuego durante dos interminables días en un combate desigual, con el viento como mejor aliado de las llamas, colaborando a pasar el fuego de edificio en edificio. Hoteles, edificios federales, departamentos, el edificio de la Corte y muchísimas otras construcciones de todo tipo fueron literalmente devoradas por las llamas, y terminaron cayendo doblegadas. Para el 10 de octubre, el fuego había destruido más de 6 kilómetros cuadrados de la ciudad, se había llevado casi 300 vidas y dejado sin casa a unas 100 mil personas. Con más de 17 mil edificios destruidos y daños totales estimados en 200 millones de dólares de la época, el panorama era desolador.
En la actualidad, Chicago es una de las mejores ciudades para vivir de los Estados Unidos. Diseño urbanístico admirable, arquitectura elegante y sofisticada, rascacielos de avanzada, transporte público confortable y espacios públicos impecables son un sello distintivo de una ciudad que crece e invita. Arte, música, cine, educación, gastronomía, deporte y turismo alimentan la reputación de una ciudad que del incendio del 71 solo preserva en su bandera una de las 4 estrellas en su memoria.
Tuve la oportunidad de vivir unos años en la ciudad de Chicago y puedo dar testimonio de cada una de las definiciones anteriores. En educación solo diré que la Universidad de Chicago es la institución del mundo con mayor cantidad de distinciones de Premios Nobel. Además, claro, están las universidades Northwestern, Loyola, DePaul, entre otras. En deportes, Chicago es la plataforma desde donde echó a volar Michael Jordan con toda su magia. ¿Música y cultura? Desde el Ravinia Festival, el festival de música clásica al aire libre más antiguo de los Estados Unidos, hasta la House of Blues en donde pude escuchar hasta a Gustavo Cerati. Gastronomía interminable, completamente multicultural, y un flujo ininterrumpido de turistas que van y vienen por la Magnificent Mile y se repliegan por las orillas de un río Chicago que serpentea ciudad adentro. Edificios magníficos que se suceden, regalando perspectivas que se renuevan en cada esquina. La ciudad que albergó y nutrió la carrera política de Barak Obama es la tercera de mayor población del país, por detrás de Nueva York y Los Ángeles.
¿Qué ocurrió, además de Al Capone y Michael Jordan, entre esa historia trágica que no dejó nada en pie y esta ciudad que hoy todos admiran y tantos visitan? Ocurrió el fuego en su sentido más bíblico y transformador. Ocurrió lo que nunca deseamos que ocurra, pero consumada la tragedia, clarifica el único camino posible: la reconstrucción sin condicionamientos.
El fuego de Chicago brindó a jóvenes arquitectos la posibilidad de diseñar una ciudad nueva fundada en la decisión de quienes lo habían perdido todo y ahora querían construir edificios más grandes, más seguros, más bellos, más modernos. La tragedia mutó rápidamente hacia una necesidad concreta y simultánea, y esta se transformó en el motor que hizo florecer la creatividad en una escala novedosa. Surgieron así las nuevas ideas y conceptos que permitieron a Chicago convertirse no solo en el lugar de trabajo más atractivo para los mejores estudios de arquitectos del mundo, sino en un ícono mundial de la arquitectura moderna. Si nunca tuvo la oportunidad de visitar esta ciudad, busque fotos y verá de qué le hablo. No es casualidad que empresas como United Airlines, Motorola, Mc Donald’s, Kraft Foods y la cadena de hoteles Hyatt, entre otras, tengan sus casas matrices en esta ciudad.
Cuando hablamos del estado actual de la educación en el mundo, y de la necesidad de que se reinvente, revolucione sus prácticas y resignifique sus mandatos, en algún punto estamos afirmando que lenguas de fuego están pasando por escuelas, universidades y aulas de todo tipo, poniendo de rodillas al sistema. El fuego que atacó al sistema educativo, llamado internet, no quema ni mata, pero destruye. Rompe el ordenamiento previo, el que encontró, sin permitir reconstruir sobre los mismos fundamentos ni ideas.
El viento de Chicago, aliado del fuego, en este caso toma la forma de la banda ancha, la conectividad satelital y los sistemas de redes inalámbricas. Cuanto más fuerte el viento y más potente la conectividad, más imparables, más inútil se hace combatirlos. Solo resta esperar que fuego y viento consuman la madera, para luego convocar a los jóvenes pedagogos para pensar un sistema nuevo.
El fuego de Chicago, al igual que el fuego en los bosques o en los hornos de las fábricas, abrió la posibilidad del cambio y generó nuevas formas. El fuego que funde el acero en un horno habilita nuevas perspectivas y agrupaciones. Así, una barra torca y sin gracia de metal se transforma en la matriz elegante y sofisticada que sostiene el sistema operativo de un celular de alta gama o en la tapa que protege el motor del vehículo eléctrico de última generación. De igual manera, el fuego que arrasa el bosque descubre un manto de códigos genéticos enterrados y latentes a donde antes no llegaba ni la luz ni la vida, habilitando un oleada de nueva vida. Es cierto que el fuego arrasa y rompe, pero también hablita renacimientos en ese mismo acto. Las seis puntas de la estrella de la bandera de la ciudad que recuerda este hecho histórico hacen referencia a las virtudes de la religión, la educación, la estética, la justicia, la beneficencia y el orgullo civil, todos aprendizajes grabados a ‘fuego’ en los pobladores locales a partir de esta situación. Quienes perdieron todo, dieron a ese fuego un sabio carácter regenerativo y transformador, y lo convirtieron en el impulso que cambió para siempre (¡y para mejor!) la fisionomía de la ciudad y la calidad de vida de sus habitantes.
Debemos discutir sobre un nuevo diseño educativo con el sentido de urgencia y de oportunidad que tenían los pobladores de Chicago luego del gran fuego. Antes de la noche de 8 de octubre de 1871, la vida del día siguiente podía proyectarse como algo similar a la del día anterior. Luego del reset button de la calle DeKoven, todo debía ser diferente. Debemos recordar constantemente que el fuego, cada vez que aparece sin avisar ni pedir permiso, abre un nuevo debate regenerativo.
La educación requiere nuevos acuerdos, y para ello debemos todos sentir el peso tanto de la responsabilidad como de la necesidad de obrar con velocidad y pericia. Debemos, entre todos, transformar los malos indicadores agregados de aprendizaje escolar y la mala calidad agregada de nuestros graduados en la gran oportunidad de nuestros tiempos. ¡Debemos ser arquitectos del nuevo orden educativo y productivo!
El Congreso de Educación y Desarrollo Económico, un espacio de encuentro entre hacedores de la educación que creamos y alimentamos con colegas desde hace 10 años, es una invitación colectiva a que nos avoquemos a esta ineludible reconstrucción, por más incómodo que el debate resulte. Debemos imaginar nuevas edificaciones, valiéndonos de nuevos argumentos, enriquecidos con nuevas métricas y conocimientos. Y para ello debemos obrar con la urgencia de quienes lo están perdiendo todo.
Es entonces cuando debemos preguntarnos, con honestidad, si realmente pensamos que lo estamos perdiendo todo. Si internet es el fuego de nuestra época, y la banda ancha y la conectividad remota ese viento propagador que lo lleva de escuela en escuela, y la IA ese tren fantasma que solo agregará complejidad e ingobernabilidad al proceso, ¿entonces qué esperamos para obrar? Al final del día, ese fuego que no eligieron los habitantes de Chicago y que no elegimos quienes actuamos en educación, tal vez se convierta en una nueva historia que nace, más lozana, más vital, más convocante. Si de contar historias se trata, pues contemos una nueva que bien valga la pena.