JUAN MARÍA SEGURA

La escuela necesita un continuista

Por Juan María Segura


¿Qué pasaría si la escuela tuviera su propio continuista? La pregunta puede parecer extraña, incluso absurda. ¿Un continuista en la escuela? ¿Qué tiene que ver el mundo del cine con la educación? Pero seamos pacientes e insistamos con la idea, juguemos: ¿qué pasaría si dentro de las instituciones educativas existiese una persona o un rol encargado de velar por la coherencia narrativa de todo lo que ocurre allí dentro, de principio a fin?

Antes de precipitarnos a responder lo que imagino, pensemos en lo que ocurre cuando esa figura falta en el cine. Recordemos algunas escenas icónicas, no por su belleza sino por sus fallas. Gladiator (2000), la épica de Ridley Scott que nos transporta a la Roma imperial, ofrece un error memorable: en plena batalla, un carro vuelca y se ve claramente un cilindro de gas detrás. ¿Gas comprimido en el Coliseo? Un anacronismo brutal que rompe la ilusión. O Titanic (1997), cuando Jack dibuja a Rose y de un plano a otro cambia la mano con la que sostiene el carboncillo. Nada grave, dirán algunos, pero lo suficiente como para que la escena pierda autenticidad ante un espectador atento. O el caso más sonado en los últimos años: Game of Thrones, la serie que cuidaba hasta el más mínimo detalle en vestuario, decorados y efectos… hasta que un vaso de Starbucks apareció en medio de un banquete medieval. El mundo entero habló del error, no de la trama. ¿Por qué sucede esto? Porque alguien no hizo su trabajo. Porque nadie se aseguró de que el relato se sostuviera en cada escena. Porque la continuidad narrativa se perdió, o como mínimo se ‘ensució’.

Ahora, ¿cuántas veces ocurre algo parecido en la escuela? Más de las que imaginamos. Porque la educación también es una narrativa. Una gran historia que comienza cuando un niño cruza la puerta por primera vez y debería continuar, de manera consistente y significativa, hasta que egresa. Entre esos dos hitos, separados muchos años en el tiempo, se suceden cientos de escenas y vivencias: clases, evaluaciones, proyectos, actos, recreos, ¡diálogos! Y sin embargo, cuántas veces todo eso se percibe como fragmentos desconectados, como episodios sin un hilo conductor claro, coherente y consistente, recibido desde todos los lugares desde donde la escuela despliega su narrativa.

Me gusta plantearlo de esta manera: la escuela se bate a duelo entre pasado y futuro, entre la nostalgia de lo que ya fue y la provocación de una época sin semejanzas. El pasado es tradición, certezas, estructuras conocidas, lugares reconocibles. El futuro, en cambio, es incertidumbre, creatividad, libertad, experimentación, iteración y aprendizaje. Innovar no significa destruir lo que existe, pero sí animarse a reconstruir relatos amigados con su contemporaneidad que inspiren y que tengan coherencia. Y aquí aparece el continuista: esa figura que no dicta ni enseña, pero observa, conecta, anuda, enlaza, asegurando que la promesa inicial no se quiebre ni ‘ensucie’ durante el camino vivenciado por el aprendiz y su familia.

La incoherencia o inconsistencia educativa no es una metáfora, tiene ejemplos concretos y cotidianos. Una docente anuncia al inicio del año que en su clase de matemática todo tendrá sentido práctico, que no serán solo fórmulas sino herramientas para entender la vida real. Pero al llegar los exámenes, las consignas son ejercicios abstractos, sin vínculo alguno con aquello que prometió. O una escuela entera decide apostar por la curiosidad, por el pensamiento crítico, pero al primer cuestionamiento incómodo frena la conversación porque ‘no hay tiempo para esas discusiones’. Otro quiebre. Otra ruptura en la historia que se intentaba contar. Cuando no hay un continuista educativo, la experiencia de aprendizaje se llena de vasos de Starbucks en medio del banquete. Pequeños detalles que no parecen importantes, pero que erosionan la confianza, que sacan al estudiante de la trama y lo devuelven al aburrimiento, a la desconexión, a la sensación de que nada tiene sentido.

Un continuista en la escuela sería la persona que cuida el hilo invisible. Que se asegura de que los proyectos no se contradigan, de que las promesas no se diluyan, de que los valores que decimos defender estén presentes en cada ‘escena’. No hablo de alguien que controle o imponga, sino de alguien que acompañe, que sostenga, que recuerde. Que sea el guardián de la narrativa institucional.

Imaginemos esto en la práctica. Un equipo docente decide que el eje del año será el desarrollo sostenible. Todo parece claro en la planificación. Pero a medida que pasan los meses, algunas materias siguen hablando de consumo responsable mientras otras fomentan la producción de objetos descartables para un proyecto sin reflexión ambiental. El continuista detecta el desvío, lo señala, ayuda a reconectar. O pensemos en la evaluación: ¿cuántas veces se evalúa algo que nunca se enseñó o se enseña algo que luego no tiene peso en la evaluación? Otra fisura en la narrativa.

Si aceptamos que la educación es una historia que se cuenta en tiempo real, ¿cómo no pensar en la importancia de cuidar su continuidad? El cine nos lo enseña con crudeza: cuando la coherencia falla, la inmersión se rompe. Y cuando eso pasa en la escuela, la experiencia pierde fuerza, el sentido se diluye, el aprendizaje se fragmenta y pierde potencia transformadora.

Alguien podría objetar: ‘Muy bien, pero el cine tiene presupuesto para pagar un continuista, la escuela no’. Y es cierto, las realidades son distintas. Pero aquí no hablo de crear un cargo costoso, sino de generar una conciencia y unas prácticas sencillas que cualquier institución puede adoptar. Un continuista no es un lujo, es un hábito. Es una decisión que nace de la creencia y convicción de sus máximas autoridades.

Se puede empezar por algo tan simple como una bitácora compartida donde se registren acuerdos y conexiones entre clases y proyectos. Un cuaderno físico, una carpeta digital, un espacio común. Se puede sumar una práctica semanal: quince minutos de reunión para revisar si la propuesta pedagógica mantiene el hilo conductor, si los mensajes son consistentes, si los valores que declaramos siguen siendo visibles en lo que hacemos. Se pueden construir mapas narrativos que permitan visualizar cómo avanza el currículo, qué tono, qué competencias, qué historias se están contando. Se puede invitar a estudiantes y familias a detectar discontinuidades, porque ellos también perciben las fisuras. Las fisuras, que siempre aparecerán, ¡son una gran oportunidad para reflexionar!

Estas son acciones posibles con recursos mínimos. No hace falta esperar tiempos ideales ni presupuestos extraordinarios. Lo que hace falta es la decisión de cuidar la historia. Porque si no la cuidamos, otros la escribirán por nosotros: la improvisación, la inercia, la contradicción. La sucesión o el sostenimiento en el tiempo de discontinuidades narrativas puede interpretarse como desgano institucional, y salir de allí es terriblemente trabajoso en términos de calidad de aprendizajes. 

Quiero insistir en algo que repito siempre: la educación no es neutral. Cada práctica, cada palabra, cada gesto, cuenta algo sobre quiénes somos, qué creemos y a qué aspiramos. Si aceptamos que educar es contar una historia poderosa, entonces debemos asumir la responsabilidad de contarla bien. De manera clara, coherente, significativa. Sin vasos de Starbucks en la mesa.

Debemos animarnos a imaginar esa escuela. Una escuela donde cada proyecto conversa con el anterior y anticipa el siguiente. Donde las promesas se cumplen, donde la curiosidad no es un eslogan sino una práctica sostenida. Donde el relato no se interrumpe ni se contradice, sino que fluye con sentido. Una escuela así no necesita más recursos, necesita más conciencia. Necesita un continuista. Ese continuista puede ser una persona, un equipo, una cultura. Lo importante es que exista. Que alguien ¡o todos!, cuiden la continuidad. Porque cuando la historia se quiebra, se pierde más que una escena: se pierde la confianza, se hiere la motivación, se desdibuja el sentido. Y sin sentido no hay aprendizaje posible.

Así que vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué pasaría si la escuela tuviera su propio continuista? Creo que pasaría algo extraordinario. Pasaría que la experiencia educativa se convertiría en una película digna de ser vivida y recordada, no por sus errores, sino por su capacidad de emocionarnos y transformarnos. Pasaría que cada estudiante, al mirar hacia atrás, sentiría que su recorrido fue una historia viva, continua y coherente.

No esperemos a que el cilindro de gas aparezca en medio de la batalla. No dejemos que la narrativa se quiebre por descuido. Hagamos algo. Hoy mismo. Aunque sea pequeño. Aunque sea simbólico. Porque cuidar la historia que contamos no es un lujo, es nuestra responsabilidad.