
Por Juan María Segura
Las escuelas, como cualquier institución o emprendimiento humano, cuentan historias. Muchas veces lo hacen sin tomar conciencia de ello. Historias que se pierden entre pizarrones viejos y actos patrios con parlantes que distorsionan el himno o la marcha de San Lorenzo. Historias que se olvidan porque nadie las narra bien. Una institución educativa puede tener medio siglo de vida y seguir siendo muda, gris, opaca, como una pared descuidada pintada de beige. ¿Por qué? Porque nadie se animó a contarla con claridad, emoción, estructura, personajes y coherencia. Estos son los cinco principios del storytelling, aunque suenen a taller motivacional de marketing. Aplicados con inteligencia, diseño e intención, estos principios pueden transformar radicalmente la manera en la que una escuela se piensa y se proyecta en su comunidad.
Seamos honestos, ¿a quién le importa que declares que tu institución posee valores y compromiso con la excelencia? Esa frase está muerta antes de convertirse en ese cuadro que pensamos que todos leerán e internalizarán. Lo que mueve a la gente no son los valores abstractos y fríos que enunciamos, sino las historias concretas que vivenciamos y a las que invitamos. Y la escuela tiene muchas de esas, aunque probablemente se hayan escondido sin prestarles atención bajo toneladas de burocracia y discursos vacíos de amor y de épica. Probemos, entonces, con desenterrar esas historias y revisémoslas a la luz de los principios del storytelling.
Comencemos con la claridad en el mensaje. Si una escuela (o cualquier emprendimiento humano) no sabe qué quiere transmitir, está perdida. O, de mínima, nació con desventaja con respecto a sus equivalentes. No se trata de contar que la escuela tiene cien años, ni que egresó a miles de alumnos, ni que superó el 90% de los proyectos de acreditación. ¿Acaso eso emociona a alguien? El mensaje debe ser simple y más directo, hasta algo brutal. ¿Para qué existe esa escuela? ¿Por qué debería importarle a alguien que siga en pie? Si no se puede decir en una frase que suene en el pecho, entonces hay un problema. ‘Somos la escuela que nunca dejó a un pibe afuera.’ Eso es un mensaje. ‘Somos el lugar donde aprender es una fiesta.’ Eso es un mensaje. Claro, honesto, punzante. ¡Verificable! Veamos como suena en un texto posible: ‘Hace cincuenta años, cuando todo era carencia y desprotección, nacimos para que ningún chico quedara condenado por su código postal. Era eso o nada. Y desde entonces, cada vez que alguien quiso convertirnos en un negocio, les cerramos la puerta. ¿Por qué existimos? Porque hay barrios donde la educación todavía es la última esperanza, y nosotros decidimos dar esa pelea. Ahora y siempre.’ ¿Se ve? Aquí hay un mensaje claro, sin maquillaje institucional. Y sí, incomoda, pero el storytelling que funciona incomoda.
Veamos ahora el principio de la conexión emocional. Si el relato no toca emociones, no reverbera y finalmente muere. No estoy hablando de lágrimas fáciles ni de ‘escuelita feliz’ en tonos pastel. Hablo de emociones verdaderas: miedo, orgullo, rabia, alegría, esperanza. Contar el día en que la directora hipotecó su auto para pagar los sueldos; o la madrugada en que un docente cruzó la ciudad en pandemia para llevar una carpeta impresa a un pibe que no tenía internet; o la bronca cuando el aula se inundó y los chicos igual completaron su clase sentados en baldes. Eso conecta porque es real, acerca, enlaza de una forma profunda. Imaginemos esta historia: ‘La escuela casi muere en el 2001. Los sueldos no salían, las familias no podían pagar una cuota que apenas alcanzaba para el gas. Un lunes, la directora llegó, dejó las llaves sobre el escritorio y dijo: ‘Si no conseguimos plata hoy, esto se termina’. Esa tarde, un grupo de madres salió a vender empanadas en la plaza. Vendieron 400. No salvó la economía, pero avivó la fe. Y con fe, seguimos.’ Fuerte, ¿no? Seguro hay miles de historias de escuelas que debieron transitar este o abismos similares, en donde se pone en juego nuestra fragilidad, espíritu de lucha, generosidad y convicción inquebrantables. Emociona, ¿cierto? Pues, ¡contémoslo así! ¡Seamos tan humanos como la trayectoria que deben desplegar nuestras instituciones, con todos sus obstáculos e imperfecciones!
El tercer principio habla de una estructura sólida. ¿Qué significa? Que la historia no sea un collage de anécdotas sueltas e inconexas, una cronología de episodios sin música ni sabor. Se necesita un viaje: un inicio, un conflicto, un clímax y una resolución. Porque el cerebro ama los relatos que avanzan, que te llevan a algún lado y te enfrentan con una trama. ¡La trama siempre es convocante! Si la escuela tiene 30 años, se debe abandonar la tentación de contar una lista cronológica aburrida de hechos. En reemplazo, se debe contar su travesía, un viaje, como si la misma escuela fuese una heroína que pelea contra el tiempo, sus tempestades y demonios. Por ejemplo, algo así: ‘Nacimos en una casa alquilada con pupitres prestados. Después llegó la primera gran prueba: la hiperinflación. Cuando el país se prendía fuego, nosotros seguíamos enseñando con tizas rotas y fotocopias borroneadas. Años después llegó el golpe más duro: la pandemia. Las puertas cerradas, las aulas vacías, la sensación de que todo lo que éramos se escurría entre los dedos. Pero no nos rendimos, no nacimos para rendirnos. Hicimos clases por WhatsApp, usamos celulares prestados, inventamos lo que no existía. Hoy estamos acá, más grandes, más fuertes, más animados, mejores educadores, con laboratorios que ni soñábamos, pero con la misma obsesión: que la educación nunca sea un lujo para ofrecer en tiempos de normalidad y aguas calmas.’ Esto es estructura. No es solo contar ‘primero pasó esto, después aquello’, es mostrar la transformación.
El cuarto principio hace referencia a personajes relevantes y auténticos. Una escuela sin nombres propios es un edificio. Para que la historia de una escuela viva, necesita gente adentro. Pero no cualquier gente: personajes con alma, con contradicciones, con verdad, con vocación. ¿Quién fundó la escuela? ¿Por qué lo hizo, en quién se inspiró? ¿Qué le dolía? ¿Acaso existió un momento Eureka? ¿Quién fue esa maestra que se jubiló después de 40 años y todavía recuerda a los chicos por su nombre? ¿Quién fue el alumno que se salvó porque alguien creyó en él cuando nadie lo hacía? Los nombres de esas historias dicen mucho, mucho más que las miles de fotos (todas iguales) de cada cohorte escolar clavadas en los pasillos. Escuchemos: ‘María fue la primera directora. Llegaba en bicicleta, con los libros atados con una soga porque no tenía mochila. Un día, un padre le dijo que esto no iba a durar ni un año. Ese año se graduaron los primeros cinco chicos, y María los abrazó como quien gana una guerra. Hoy, su nieta cursa cuarto grado en la misma escuela.’ Un personaje de carne y hueso, y de emociones fuertes.
Por último, tenemos la verosimilitud y coherencia. Si la escuela desea que le crean, pues que no invente milagros ni diga lo que no es ni hace. No declarar que la escuela siempre fue moderna si durante años no tuvo ni ventiladores, ni equipamiento básico en muchos ambientes. No fingir forzadamente que todo fue un camino de rosas y armonía. Mostrar la mugre, las caídas, las discusiones internas y dudas, las inconsistencias, no te debilita, sino que te humaniza. Ser bueno (y mejorar durante el proceso) es mucho más creíble que ser perfecto. ¿Acaso alguien puede declararse de tal manera, infalible? La perfección aburre, mientras que la autenticidad atrapa. Miremos esta posible prosa: ‘Claro que nos equivocamos. Apostamos por un proyecto de idiomas que duró seis meses y se hundió como el Titanic. Nos peleamos en reuniones que parecían consejos de guerra. Tuvimos docentes que renunciaron a mitad de año porque no soportaban el caos. ¿Y saben qué? Todo eso nos hizo mejores. Porque la escuela no es un logo: es gente que se equivoca, aprende y progresa. Y sigue.’ Ahí está la coherencia: no prometer lo que uno no es, sino mostrar cómo uno se convirtió en lo que hoy es.
Los 5 principios de storytelling aplicados a la vida de una institución escolar no deberían servir solo para colgar un video emotivo en el aniversario y después volver a la rutina gris. Debería servir para cambiar radicalmente la narrativa diaria de la institución. Porque si la escuela no se cuenta bien desde cada rincón y acción cotidiana, carecerá siempre de cohesión interna. Y una escuela sin cohesión jamás puede desplegar un proyecto educativo transformador. Una historia poderosa no es maquillaje, es la manera en la que se construye identidad, cultura, pertenencia y, en última instancia, futuro.
Redactar un ‘texto institucional’ no debería ser sinónimo de formalismo, lugares comunes y lenguaje políticamente correcto. La historia de cualquier escuela es una epopeya, literalmente. Una batalla cultural librada durante décadas por personas comunes, que se han fortalecido durante esa travesía institucional a costa de sortear los obstáculos de la desidia, la crisis de cada coyuntura, la adopción de la última tecnología (que nunca es la última), los prejuicios de los que no creen y la pereza de los que no quieren. Una historia de gente que no se conformó con el destino que le tocaba. Porque, al final, ¿qué es una escuela si no un conjunto de locos (¿idealistas? ¿inconformistas? ¿vanguardistas?) tratando de cambiar el mundo un aula a la vez?
Eso es storytelling. Eso es lo que hace que la gente escuche, se conecte, recuerde. No contar la historia escolar propia es el camino más rápido y seguro hacia la irrelevancia. Porque las escuelas que no narran, desaparecen de la consideración de la sociedad, aunque mantengan su matrícula. Y las que narran bien, se erigen como modelos a seguir, aunque solo tengan un puñado de alumnos.